Ciencia & Tecnología

Hallan en un asteroide las cinco bases esenciales del ADN y el ARN

Las cinco nucleobases canónicas utilizadas por la vida terrestre para construir ADN y ARN están presentes en muestras del asteroide Ryugu traídas directamente a la Tierra por la misión japonesa Hayabusa2. Adenina, guanina, citosina, timina y uracilo aparecieron en los dos fragmentos analizados por un equipo japonés, una combinación que refuerza la idea de que parte de la química necesaria para la vida pudo formarse de manera natural en pequeños cuerpos del sistema solar mucho antes de que existieran organismos en nuestro planeta.

El hallazgo ha vuelto a circular el 3 de noviembre de 2026, aunque el estudio original fue publicado en Nature Astronomy el 16 de marzo y comunicado por la Agencia Japonesa de Ciencia y Tecnología Marina-Terrestre (JAMSTEC) el día 17. Esa cronología importa: no se acaba de descubrir vida en un asteroide ni material genético extraterrestre. Lo que los investigadores encontraron son moléculas que funcionan como componentes fundamentales de los ácidos nucleicos en los seres vivos.

Las cinco nucleobases aparecieron en dos muestras de Ryugu recogidas directamente en el espacio por Hayabusa2.

Las nucleobases pueden imaginarse como parte del alfabeto químico de la información genética. Adenina, guanina, citosina y timina intervienen en el ADN; el ARN utiliza uracilo en lugar de timina. Unidas a azúcares y grupos fosfato forman nucleótidos, y estos, a su vez, permiten construir cadenas de ADN o ARN. Encontrar las bases aisladas, por tanto, no demuestra que hubiera genes, células ni organismos en Ryugu. Sí demuestra que estas moléculas pueden aparecer en material extraterrestre muy antiguo.

La ventaja de Ryugu es la limpieza de la muestra. Hayabusa2, misión de la agencia espacial japonesa JAXA, fue lanzada en diciembre de 2014, llegó al asteroide y realizó dos tomas de material en 2019. La cápsula con las muestras regresó a la Tierra en diciembre de 2020. En total entregó unos 5,4 gramos de material, una cantidad diminuta pero extraordinariamente valiosa porque fue recogida en el espacio y protegida frente a la contaminación que sufren los meteoritos cuando atraviesan la atmósfera y permanecen sobre la superficie terrestre.

Ryugu es un asteroide carbonáceo, un tipo de objeto rico en carbono que conserva información sobre las primeras etapas del sistema solar. Ya en 2023 se había comunicado la detección de uracilo en sus muestras. El nuevo análisis, dirigido por Toshiki Koga y otros investigadores japoneses, amplió el cuadro hasta completar las cinco nucleobases canónicas. Para identificarlas, el equipo empleó técnicas de cromatografía líquida y espectrometría de masas de alta resolución, además de controles destinados a distinguir las señales de las muestras de las posibles contaminaciones del procedimiento.

El resultado no aparece aislado. En muestras del asteroide Bennu, devueltas por la misión OSIRIS-REx de la NASA, también se habían identificado las cinco nucleobases. Meteoritos carbonáceos como Murchison, caído en Australia en 1969, y Orgueil, que cayó en Francia en 1864, han proporcionado igualmente un amplio catálogo de compuestos orgánicos. La diferencia es que las muestras obtenidas directamente de asteroides ofrecen una referencia especialmente limpia para estudiar qué química existía fuera de la Tierra.

Ryugu y Bennu ya han proporcionado el juego completo de nucleobases en muestras recogidas sin pasar por la superficie terrestre.

La comparación entre estos materiales reveló, además, que no todos contienen las bases en las mismas proporciones. En Ryugu, purinas —adenina y guanina— y pirimidinas —citosina, timina y uracilo— aparecen en cantidades globalmente comparables. Murchison está relativamente enriquecido en purinas, mientras que Bennu y Orgueil muestran una mayor presencia de pirimidinas. El equipo encontró una relación entre esas proporciones y la abundancia de amoníaco, una pista de que las condiciones químicas de cada cuerpo pudieron determinar qué nucleobases se fabricaban con mayor facilidad.

Esa diversidad también ayuda a descartar una interpretación biológica simple. Los patrones observados no corresponden a los que cabría esperar de ADN procedente de organismos terrestres, y el estudio detectó otros compuestos e isómeros coherentes con procesos químicos no biológicos. La explicación que plantean los autores es que distintas condiciones fisicoquímicas en los cuerpos progenitores de estos asteroides favorecieron rutas de síntesis diferentes.

La consecuencia científica es sugerente, aunque más prudente de lo que permite un titular sobre las «letras de la vida». Si nucleobases de los dos grandes grupos químicos aparecen en varios asteroides carbonáceos y meteoritos, su formación pudo ser relativamente común en el sistema solar primitivo. Eso encaja con la hipótesis de que asteroides y otros cuerpos llevaron a la Tierra joven parte del inventario de moléculas orgánicas que después participó en la química prebiótica. No resuelve cómo surgió la vida, ni demuestra que el ADN o el ARN llegaran ya formados desde el espacio. Lo que hace es desplazar una pieza del rompecabezas: algunos de sus ingredientes básicos no parecen exclusivos de nuestro planeta.

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