Cultura

La realidad de Frankenstein: el monstruo culto que no era monstruo ni tenía nombre

La novela “Frankenstein o el moderno Prometeo” de Mary Shelley está llena de recovecos ignotos que merece la pena descubrir.

Cuando, el verano de 1816, la joven escritora –de apenas dieciocho años– se dispuso a escribir su novela, lo hizo “pensando en una historia que consiguiera que el lector tuviera pavor al mirar a su alrededor, que le helara la sangre y que acelerara los latidos de su corazón”. Vaya que si lo consiguió.

No deja de ser llamativo cómo en estos doscientos años la historia se ha ido deformando paulatinamente en el imaginario colectivo, creando una visión desfigurada en muchos aspectos.

Para empezar, el monstruo no tiene nombre en ningún momento de la novela –se le llama engendro, criatura o demonio–, ya que Frankenstein es el apellido de su creador.

El parto tuvo lugar una madrugada de noviembre

La novela está escrita en formato epistolar, siguiendo el gusto imperante en la época. Conocemos su desarrollo a través de unas cartas que escribe de su puño y letra el aventurero Robert Walton, tras encontrarse –cuando se dirigía al Polo Norte– con Víctor Frankenstein, que a su vez perseguía a su engendro.

El científico es un joven italiano del siglo dieciocho, descendiente de una familia noble, que una “lúgubre noche de Noviembre vi coronado mis esfuerzos (…) a la una de la madrugada, la lluvia golpeteaba triste contra los cristales y la vela estaba a punto de consumarse, cuando, al parpadeo de la vela medio extinguida, vi abrirse los ojos apagados y amarillentos de la criatura…”.

Tras el parto toma vida una criatura talludita de casi dos metros y medio de estatura, de tez amarillenta, pelo y labios de color antracita, y dientes blancos.

Un monstruo cultivado y sensible

El engendro está dotado de una inteligencia muy superior a la esperada, es capaz de aprender de forma autodidacta varios idiomas y de llegar a profundas reflexiones filosóficas.

Se nos cuenta que disfrutaba con la lectura de tres libros: “El paraíso perdido” de John Milton, “Las desventuras del joven Werther” de Goethe y “Vidas” de Plutarco. Nada que ver con esa imagen torpe, gutural y violenta que nos ha transmitido el séptimo arte.

Durante meses se dedicó a espiar a la familia De Lacey, los propietarios de las tierras en las que se escondía, anhelando entrar en estrecho contacto con ellos y añorando la falta de afecto de su creador.

La autora nos dibuja a un monstruo que admira la naturaleza y que se decanta por el vegetarianismo, alimentándose en exclusiva de bayas, raíces y nueces que encuentra por el campo.

En la ficción literaria el monstruo implora a su creador que le construya una pareja femenina –una Eva– con la que pueda rellenar su soledad. Al principio el científico acepta la solicitud, pero luego se da cuenta del peligro que puede encerrar esta concesión, la reproducción de estas criaturas podría poner en peligro la existencia humana, motivo por el cual rehusa transigir a la petitoria del monstruo.

Tampoco era un asesino en serie

La criatura comente cuatro asesinatos a lo largo de toda la novela: William, el hermano pequeño de Víctor; Justine –realmente la criada muere por su culpa al ser acusada del crimen–, Clerval, el mejor amigo de Víctor, y su esposa Elizabeth, a la que asesina durante la noche de bodas.

Todas estas muertes nacen del dolor y el deseo de venganza, no son elegidas al azar, comete los asesinatos con el firme propósito de hacer daño a su creador. Si se nos pidiera resumir la novela en tres calificativos, muy probablemente serían tristeza, venganza y soledad.

Como se puede adivinar, la lectura sosegada de la novela, con la que se inició el género de la ciencia ficción, ayuda a despedazar muchas ideas deformadas y sedimentadas en nuestro inconsciente gracias al cine.

Quizás, solo quizás, tras la misma sea posible que seamos capaces de empatizar con el monstruo. Por cierto, una última curiosidad, el nombre de la autora estuvo oculto en la primera edición.

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