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El sistema financiero no funciona por arte de magia ni por la simple voluntad de los directores de sucursal.
Detrás de cada préstamo concedido o denegado existe una red de tuberías invisibles que transportan el recurso monetario de un punto a otro.
Según el Banco Central Europeo (BCE), las entidades de crédito deben mantener un coeficiente de reservas mínimas del 1 % sobre determinados pasivos, principalmente depósitos de clientes.
Este porcentaje parece una nimiedad, pero actúa como el dique de contención que evita que el sistema se desborde o se seque por completo.
Para comprender cómo este flujo afecta al bolsillo común, firmas especializadas como Exness analizan la compleja relación técnica entre la inflación vs. tasas de interés y volatilidad.
Entender esta fontanería es el primer paso para descifrar por qué, a veces, el grifo del crédito simplemente deja de gotear.
Cuando un banco recibe dinero, no puede lanzarlo todo de vuelta al mercado para generar beneficios mediante préstamos.
Ese pequeño porcentaje que la normativa obliga a «congelar» en el banco central es lo que se conoce como encaje bancario o reserva obligatoria.
Si las autoridades deciden subir este listón, los bancos tienen menos dinero disponible para prestar, lo que encarece el crédito de forma inmediata.
Es una maniobra de precisión que busca enfriar la economía cuando el consumo se desmadra y los precios suben sin control.
En plata, si el banco tiene que dejar más dinero aparcado en la caja fuerte del regulador, el ciudadano tiene más difícil conseguir esa financiación para su proyecto personal.
A veces el problema no es que no haya dinero, sino que el miedo hace que las entidades se lo piensen dos veces antes de soltar un solo euro.
En fases de gran inestabilidad, los bancos prefieren mantener reservas excedentes, es decir, más dinero del que la ley les exige, por puro instinto de protección.
Según el Banco de Pagos Internacionales (BIS), la liquidez del mercado puede evaporarse rápidamente cuando los riesgos percibidos superan la rentabilidad esperada.
Este fenómeno provoca que, aunque los tipos de interés oficiales sean bajos, el acceso real al crédito sea una odisea para las familias.
La liquidez se queda estancada en la parte alta de la pirámide y no llega a la base, lo que termina por frenar en seco el crecimiento del tejido empresarial.
Para un banco, el dinero que no se mueve es dinero que pierde valor potencial cada segundo que pasa.
Sin embargo, el precio de ese dinero, marcado por las tasas de interés, es el que decide si compensa arriesgarse a prestarlo o dejarlo durmiendo en el banco central.
Cuando el coste de la vida sube, el poder adquisitivo se va al traste y las reglas del juego cambian para todos los actores económicos.
Navegar este entorno requiere de una vigilancia constante de los datos macroeconómicos que dictan el sentimiento de los mercados globales.
Un error de cálculo en la gestión de estas reservas puede llevar a una entidad a sufrir tensiones de tesorería que pongan en jaque su operatividad diaria.
Quienes operan en este entorno no pueden permitirse el lujo de tomar decisiones basadas en corazonadas o impulsos pasajeros.
Se utilizan herramientas de análisis técnico para identificar si la falta de liquidez es un bache temporal o una tendencia de largo recorrido.
Una de las formas más comunes de detectar estos cambios de ritmo en el precio de los activos es observar el indicador EMA, que ayuda a suavizar el ruido de los datos y ver la dirección real.
Esta media móvil exponencial reacciona más rápido a los cambios recientes, permitiendo anticipar si el mercado se está quedando sin fuelle o si hay una entrada de capital fresco.
Al final, tanto para el banco que gestiona sus reservas como para el profesional que analiza gráficos, la clave reside en no quedarse atrapado cuando la marea baja.
La gestión de la liquidez no es una ciencia exacta, sino un equilibrio precario entre la seguridad y el crecimiento.
Se suele pensar que el crédito depende solo de la solvencia del que lo pide, pero la cruda realidad es que depende mucho más de lo que ocurre en los sótanos de los bancos centrales.
Si la fontanería falla o los filtros se obstruyen, poco importa lo buen pagador que sea uno; el sistema simplemente no tendrá combustible para repartir.